Conociendo al "Wachiturro"

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Estimados lectores, quisiera hacerles una invitación: yo propongo la línea de una canción y ustedes completen con la frase que debería ir a continuación, comencemos.

Primera frase: “¿Tírate un qué?...”, complete usted: _____________________________

Segunda frase: “esta noche los cumbieros…”, complete usted: _____________________

Tercera frase: “muevelo muevelo mueve…”, complete usted: ______________________

Si usted ha completado por lo menos dos de las frases, entonces claramente conoce el estilo musical popularizado por el grupo llamado “Los Wachiturros”. Ahora bien, sabemos que esta exportación no tradicional que llegó desde Argentina el año pasado es más que música, también implica un estilo estético que ha marcado a un importante segmento de la juventud chilena.

Como profesores nuestro contacto con el mundo juvenil nos hace estar actualizados, en diversos grados de profundidad, respecto a sus gustos e intereses. En mi experiencia personal conocí este estilo más bien de lejos y honestamente, haciéndole honor a los cambios en mi Carnet de Identidad, no me agradó demasiado ni como estilo musical ni estético. Sin embargo, en los colegios de la Quinta Región donde trabajaba esta moda no se hacía sentir demasiado, pero cuando viajaba a Santiago y observaba a jóvenes cultivando el estilo wachiturro (música a todo volumen en el celular, tonos pasteles, cejas depiladas, etc.) definitivamente crecía más la alteridad que la empatía con esta nueva tendencia.


{xtypo_quote_left}“Profe: ¿qué opina de los wachiturros?”{/xtypo_quote_left}Por cosas de la vida, en el segundo semestre del año pasado comencé a trabajar en otro colegio en donde el estilo wachiturro era el que marcaba la pauta. Este es un colegio ubicado en un sector de Santiago, cuyo foco es apoyar la educación de los estudiantes en situación de vulnerabilidad y riesgo social. En uno de los primeros días de trabajo, uno de mis estudiantes con todo el look incluido (por supuesto con las cejas depiladas que me llamaban tanto la atención) me pregunta “profe: ¿qué opina de los wachiturros?”

Debo confesar que igual que en las películas se me abalanzaron todas las sensaciones e imágenes de alteridad y la respuesta que se me vino a la mente fue “¡me cargan!” y estaba a punto de lanzar mi respuesta cuando me quedé mirando su cara… y utilicé una herramienta clásica para evadir respuestas incómodas o potencialmente poco adecuadas: la contrapregunta, “¿qué opinas tú de ellos?”, el chico me dijo “¡son bakanes!” (Entiéndase muy buenos, me gustan) suspiré por dentro y agradecí no haber espetado la respuesta que tenía en mente.

Durante esas primeras semanas de inducción al nuevo establecimiento está anécdota me vino varias veces a la mente ya que gran parte de los estudiantes no solo eran fanáticos de los wachiturros, sino también de escasos recursos y cada historia de vida parecía ser peor que la otra… como bien se compartió en otra columna “Educando al Wachiturro”, muchas veces tendemos a clasificar a nuestros estudiantes por su apariencia, contexto y los clásicos parámetros: notas y conducta, a esto se agregó mi sentimiento de alteridad…. Sin embargo, repetir el ejercicio de refrenar nuestros preconcepciones es tan útil y necesario cuando nos preparamos para educar, ya que si bien sabemos que estamos para educar, resulta evidente que nuestras estrategias y disposición personal necesariamente estarán mediadas (no determinadas) por el contexto en el que trabajamos.

Así pues, aquellas semanas fueron de mucha utilidad para conocer a mis nuevos estudiantes aprendí la importancia de conocer y valorar a mis estudiantes, también a ser consciente y flexible en cuanto a mis propios prejuicios… y la gran lección personal, confirmé el hecho de que a pesar de las apariencias, gustos, estilos e incluso condiciones socioeconómicas todos los estudiantes pueden aprender (eso no implica que necesariamente deseen asistir diariamente al colegio), quieren respeto y afecto con disciplina (y otras cosas sobre las cuales reflexioné en un aporte anterior, aunque claro la lista no es definitiva).

Finalmente, después de reconsiderar mi reacción respondí: “la verdad, no es mi estilo”.


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