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Entre tantas innovaciones educativas ¿Hemos innovado en evaluación?

    

Es bien sabido que estamos frente a una crisis de la educación. La sociedad busca culpables, y lamentablemente, los docentes caemos como tales.  Eso nos ha llevado  poco a poco, dentro del tiempo que nos queda,  a buscar estrategias e innovar en  la enseñanza y en el aprendizaje de los estudiantes.

 Conscientes de ello nos hemos introducido en conocer, para luego ocupar nuevas herramientas para potenciar el aprendizaje y muchas veces también hemos confundido estas “herramientas para el aprendizaje” en “herramientas para la enseñanza”.  Así pues, hemos tratado de entender  esa tecnología que nuestros alumnos “nativos digitales” manejan a la perfección, para luego incorporarlas en nuestra sala de clases. ¡Cómo si pudiésemos  innovar solamente ocupando la tecnología! (bueno, esto es tema para otro día).


Innovar no se trata de reemplazar la pizarra acrílica y el plumón por un power point y un mouse. Si realizamos aquello le estamos quitando la relevancia del  estudiante como  protagonista del saber y seguimos siendo los  que tenemos autoridad en el conocimiento.
La innovación consiste en realizar nuevos procedimientos con las herramientas que la tecnología nos ofrece, inclusive sin ella.  Nada sacamos con realizar las mismas rutinas pero maquilladas con nuevos elementos que la Tics nos entrega. Es como pedir que nos cambien el plato porque encontramos un insecto en él y después nos devuelven la misma comida en otro plato y, ¡la encontramos exquisita!.


Frecuentemente caemos  en ese actuar y  nos sentimos innovadores por ello.  Abundante es la información que encontramos en la web de recursos educativos para la enseñanza, el problema es que no sabemos qué hacer con ellos y caemos en la tentación de utilizarlos olvidando su aporte como un mero utensilio. Es importante que, en la medida del tiempo que poseamos, reflexionemos sobre lo que queremos lograr en el aprendizaje del estudiante y que no porque ocupemos más tecnologías éstos aprenderán mejor. Necesitamos orientarnos sobre el para qué del uso de la tecnología más que el qué.
A pesar de lo planteado creo que hemos dado  un avance respecto al uso de la tecnología como herramienta de aprendizaje.  Ahora nos queda el problema de cómo evaluar ese aprendizaje ya que nada logramos con una clase innovadora si evaluamos con estrategias que son caducas pero que la sociedad nos insiste en ocuparlas,  puesto que demuestra la certificación de lo que ha aprendido el estudiante.  Esto confunde al docente puesto que administrativamente se les exige  una calificación, una nota aunque teóricamente se diga lo contrario.


Según los resultados de la última evaluación docente tenemos una deuda pendiente con la evaluación. Establece que poco sabemos respecto a la construcción de pruebas ¡como si las pruebas fuesen el único mecanismo para evaluar!
Es necesario que reflexionemos en el cómo evaluamos, cómo queremos evaluar y cómo se nos exige que evaluemos. Evaluar formativamente  no significa repetir varias veces una prueba cuantitativa sino que es necesario ver la evaluación como una orientación no tan solo para el estudiante, para los directivos, para los padres sino también para nosotros como docentes.  Más que una evaluación formativa, es una evaluación formadora. Shön (1992) establece que la reflexión en acción consiste en pensar en lo que se hace mientras se hace.


Si entendemos que la evaluación es un proceso de reflexión podemos decir que mientras realizamos la labor educadora podremos obtener variada  información sobre cómo aprenden  nuestros estudiantes y a través de la utilización de distintos elementos que nos permite una recogida de información. Es ahí cuando debemos dar una sana utilización a los instrumentos de evaluación, de preferencia los que nos entregan más información que una prueba con diversos ítems que se dicen ser objetivos.


La evaluación no se debe ver parcelada del proceso de aprendizaje. Según Salinas (2002) la evaluación es un  sistema donde todo va entrelazado,  es mucho más  que los instrumentos o recursos utilizados más bien son los principios que sustenta el uso de los instrumentos. Por lo tanto un sistema de evaluación  del docente se justifica con su propio sistema de enseñanza, es decir tiene  que existir coherencia entre uno y otro.
Creo que ahí está la clave. Debemos definirnos sobre nuestra filosofía de  enseñanza para desde allí guiar al estudiante en el aprendizaje y juntos construir la evaluación. Esta evaluación debe ser innovadora, autentica y sobre todo motivadora y que mejor que avanzar y ocupar las TIC’s para evaluar.
En la web existen varios ejemplos respecto a como evaluar a través de la tecnología: desde el uso de celulares, Mp4 hasta los ya conocidos blog y los no tan conocidos wiki. Existen también los e- portafolios, portafolios digitales o portfolios los que promueven una evaluación formadora centrada en la reflexión.


Evidentemente para hacer esta labor cooperativa,  necesitamos algo que a los docentes  no nos sobra ¡el tiempo! Pero si queremos  innovar para lograr un aprendizaje que  sea real debemos realizar modificaciones en los actuales patrones culturales de la sala de clase, pasando de la prioridad que dan los estudiantes del: “¿Qué me saque? o ¿qué nota me puso?”  a una situación en la que estén convencidos de que la finalidad de aprender no es obtener altas calificaciones sin importar que ellas se correlacionen con el aprendizaje adquirido.  Igualmente debemos tratar, aunque a veces lo veamos como la única opción ante las condiciones de trabajo, de ocupar “la” prueba como el único sistema de evaluación y como un instrumento que contiene al alumnado ante la indisciplina. Somos profesionales, dentro de nuestra practica busquemos el mejor remedio a la enfermedad de nuestros estudiantes no olvidando que el remedio no sirve para todos los enfermos.

Referencias:
Salinas,D. (2002). ¡Mañana examen! : la evaluación, entre la teoría y la realidad. Barcelona: Graó, de IRIF, S.L.

Shön, D. (1992). Formación de profesionales reflexivos (1º ed). Barcelona: Paidós.

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